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COOPERATIVISMO DE PLATAFORMA
Desafiando la economía colaborativa corporativa
Por Trebor Scholz
Dimmons.net - Investigación acción en producción procomún
Internet Interdisciplinary Institute (IN3) - Universitat Oberta de Catalunya (UOC)
Publicado por Dimmons - Investigación acción en producción procomún.
Internet Interdisciplinary Institute (IN3) - Universitat Oberta de
Catalunya (UOC)
Editora: Mayo Fuster Morell
Traducción al castellano: Victor Guillamon. Revisión de la traducción:
Enric Senabre, Mayo Fuster Morell y endefensadelsl.org
Dirección: Av. Carl Friedrich Gauss, 5 Parque Mediterráneo de la
Tecnología 08860 Castelldefels (Barcelona)
Correo electrónico: mfuster@uoc.edu
www.dimmons.net
Editor de la versión en inglés: Fundación Rosa Luxemburg. Oficina de
Nueva York.
Licencia de Producción de Pares
https://endefensadelsl.org/ppl_deed_es.html
Trebor Scholz / Publicaciones Dimmons, Barcelona 2016
Cooperativismo de plataforma
Desafiando la economía colaborativa corporativa
Por Trebor Scholz
Entre todos los problemas en el trabajo del siglo XXI -el auge de un
sector de servicios con bajos salarios, la desigualdad económica, el
desmoronamiento de los derechos de los trabajadores- el principal
problema, en realidad, es que hay muy pocas alternativas realistas. Lo
que ha faltado en el debate sobre el futuro del trabajo es un enfoque
que ofrezca a la gente algo que pueda abrazar de todo corazón. De eso es
lo que trata este estudio.
En primer lugar, voy a reflexionar sobre las oportunidades, riesgos y
consecuencias de la economía colaborativa. Utilizaré el caso de
Amazon.com, que ha entrado con fuerza en determinada “economía
colaborativa”. En segundo lugar, describiré el crecimiento de las
cooperativas de plataforma y ofreceré ejemplos de plataformas existentes
y de plataformas cooperativas imaginarias. Lo que llamo cooperativismo
de plataforma consiste en modelos de propiedad democráticos para
Internet. En tercer lugar, esbozaré diez principios para las plataformas
de trabajo que están llevando la equidad laboral a las plataformas
laborales. Concluiré con reflexiones sobre posibles pasos que hay que
seguir para este cambio de paradigma en marcha.
Las consecuencias de la economía colaborativa. La han llamado “economía
de bolos” (gig economy[1]), economía entre pares, sharing economy. Ha
llevado un tiempo reconocer que la economía colaborativa era en realidad
una economía de servicios bajo demanda que se dispone a obtener
beneficios económicos de servicios que antes eran privados. Es cierto
que entre esos trabajos existen oportunidades innegables para
estudiantes o para trabajadores formados, y para quienes disponen de una
segunda vivienda. Ahora es más fácil para los graduados universitarios
encontrar algún trabajo montado los muebles o renovando la casa de
alguien. Los consumidores, formados en una aguda apreciación de los
bajos precios y de la “ubercomodidad”[2] por encima de todo, han dado la
bienvenida a estos advenedizos. Pero, ¿debemos entender la economía
colaborativa como una señal en el camino que apunta a un futuro mejor,
más flexible, del trabajo? ¿Qué es lo que esta economía nos trae
realmente?
Bienvenido a las Aldeas Potemkin de la "economía colaborativa", en las
que finalmente puedes vender la fruta de los árboles del jardín a tus
vecinos, compartir un viaje en coche, alquilar una casa de árbol en el
bosque Redwood o visitar un KinkBnB[3]. Esa amigable comodidad supone,
para muchos trabajadores, un salario bajo y una trampa precaria. Pero
tú, por el contrario, puedes escuchar tu propia cuenta de Spotify en un
taxi de Uber. Ya no tienes que sufrir lo que el economista George
Akerlof[4] describió como un "mercado de limones"; estas nuevas
plataformas están introduciendo nuevos pesos y contrapesos. Has sido
promovido a una gerencia media, tienes derecho a despedir a tu
conductor. Hay empresas que hasta han encontrado una manera de sacar
valor financiero de tus interacciones con los objetos cotidianos,
reclutándolos como informantes para un capitalismo de vigilancia.
Compañías laborales tan amantes de lo cool y molón como Handy, Postmates
y Uber celebran su momento Andy Warhol, sus quince mil millones de
dólares de fama. Se deleitan por el hecho de haber puesto en marcha sus
monopolios de plataforma en ausencia de una infraestructura física
propia. Al igual que AOL y AT&T no crearon Internet, ni Mitt Romney[5]
construyó su negocio por sí mismo[6], las empresas de la economía bajo
demanda tampoco construyeron el suyo. Se están yendo con tu coche, tu
apartamento, tu trabajo, tus emociones y, esto es importante, con tu
tiempo. Son empresas de logística que requieren que los participantes
paguen al intermediario. Nos vamos transformando en activos; se trata de
la financiarización de la vida cotidiana 3.0.
En What’s Yours is Mine (Lo que es tuyo es mío), el investigador
canadiense Tom Slee lo resume así:
Muchas personas bien intencionadas sufren de una fe fuera de lugar en
las capacidades intrínsecas de Internet para promover la confianza y una
comunidad igualitaria y así, sin saberlo, se van convirtiendo en
cómplices de esta acumulación de fortuna privada, y de la construcción
de nuevas y explotadoras formas de empleo[7].
En la conferencia “Cooperativismo de plataforma”[8], John Duda, de
Democracia Colaborativa, declaró:
La propiedad de las instituciones de las que dependemos para vivir, para
comer, para trabajar, se está concentrando cada vez más. Sin la
democratización de nuestra economía, sencillamente no tendremos el tipo
de sociedad que queremos tener, o que aspiramos a tener. Simplemente no
vamos a tener una democracia. ¡Internet, de hecho no está ayudando! Está
alimentado por el pensamiento a corto plazo, por los beneficios
empresariales; está dirigido por el capital de riesgo y está
contribuyendo a la concentración de la riqueza en cada vez menos manos.
Dondequiera que la economía tecnológica se extiende, la vivienda se
convierte en totalmente inaccesible. Tenemos que revertir esa
tendencia[9].
Las ocupaciones que no pueden ser deslocalizadas -la persona que pasea a
la mascota o la que limpia en casa- se están subsumiendo bajo lo que
Sasha Lobo[10] y Martin Kenney llaman “capitalismo de plataforma”. Los
baby boomers están perdiendo sectores de la economía como el transporte,
la comida y varios otros más ante la generación del milenio, que se
precipita con ferocidad a controlar la demanda, la oferta, y el
beneficio mediante la adición de una gruesa capa de hielo de negocios en
las aplicaciones basadas en las interacciones entre usuarios. Están
ampliando el libre mercado desregulado a áreas de nuestras vidas que
antes eran privadas.
La "economía colaborativa" se presenta como un heraldo de la sociedad
post-trabajo; el camino hacia el capitalismo ecológicamente sostenible
en que Google va a vencer a la misma muerte y tú no tienes que
preocuparte de nada en absoluto. Con el lema "lo que es mío es tuyo",
este caballo de Troya de la economía colaborativa nos libera de las
formas jurásicas de mano de obra mientras desencadena una máquina de
represión sindical colosal; pasando por encima de las personas de mayor
edad. El autor alemán Byung-Chul enmarca el momento actual como
“sociedad del cansancio”[11]. Vivimos, escribe, en una sociedad
orientada a los logros que es supuestamente libre, determinada por la
llamada del "sí se puede". Inicialmente, eso crea una sensación de
libertad, pero pronto se acompaña de ansiedad, autoexplotación y
depresión.
Es importante señalar que no podemos iniciar este debate sin antes
reconocer que la "economía colaborativa" no es una especie de cubo
plastificado en el "espacio cibernético"; es solo otro reflejo del
capitalismo y del atlas masivo de las prácticas de trabajo digitales. En
consecuencia, no podemos hablar sobre las plataformas de trabajo sin
antes reconocer que dependen de vidas humanas explotadas a lo largo de
sus cadenas de suministro globales, comenzando por el hardware sin el
que toda esta economía "ligera" se hundiría en el fondo del océano.
No se pueden tomar en consideración todos los apreciados dispositivos de
Apple sin antes recordarnos a nosotros mismos las condiciones de trabajo
en lo que Andrew Ross llama "fábricas suicidas de Foxconn" en Shenzhen,
China. O la extracción de raros minerales de la tierra en la República
Democrática del Congo; es esencial seguir las cadenas de suministro que
facilitan todos estos estilos de vida digitales, aparentemente limpios y
glamurosos.
Hay una masa de cuerpos sin nombre, escondidos tras la pantalla,
expuestos a vigilancia en el lugar de trabajo, una multitud desplumada,
despojada de su salario, y que constituye un software propietario. Como
el activista por el software libre Micky Metts advirtió: cuando se
construyen plataformas, no se puede construir la libertad sobre la
esclavitud de otra persona"[12].
Al responder a una crítica política de la economía bajo demanda, algunos
estudiosos suponen que, bueno, los terribles resultados de capitalismo
sin restricciones se entienden bien; toda esa perorata no necesita ser
afirmada otra vez. Pero tal vez, según McKenzie Wark: "Esto no es
capitalismo, esto es algo peor". Sugirió que "el modo de producción en
el que parecemos estar entrando es uno que no es propiamente el
capitalismo como se ha descrito clásicamente".[13]
Esto no es simplemente una continuación del capitalismo predigital tal
como lo conocemos, hay notables discontinuidades, un nuevo nivel de
explotación y una concentración de riqueza para la que se acuñó el
término “desplumar a la multitud”[14]. Desplumar a la multitud es una
nueva forma de explotación, puesta en marcha por cuatro o cinco
advenedizos, para disponer de una reserva mundial de millones de
trabajadores en tiempo real.
La situación actual necesita ser discutida en el contexto de la
intensificación de las formas de explotación en línea y también de
antiguas economías de trabajo invisible y no remunerado. Por ejemplo si
pensamos en la campaña de Silva Frederici, Selma James, y Mariarosa
Dalla Costa sobre los “salarios de las tareas del hogar" y, en la década
de 1980, en la teórica de la cultura Donna Harraway discutiendo las
maneras en que las tecnologías emergentes de la comunicación permiten
que el "trabajo a domicilio" se difunda por toda la sociedad.
La economía colaborativa se detiene
Dentro de veinte o treinta años, cuando nos enfrentemos posiblemente al
final de las profesiones y más puestos de trabajo de la gente sean
“uberizados", bien podemos despertar y preguntarnos por qué no
protestamos con más fuerza contra aquellos cambios. A pesar de todas las
exquisitas ventajas de la "economía colaborativa" hecha en casa, podemos
terminar compartiendo las sobras, no la economía. Podemos sentir
remordimientos por no haber buscado alternativas anteriormente. Como era
de esperar, no podemos cambiar lo que no entendemos. Por eso pregunto,
¿qué significa la "economía colaborativa"?
Todo Uber tiene su Unter[15]
La economía colaborativa indica una ofensiva a gran escala, global, en
favor de "constructores de puentes digitales" que se insertan entre
quienes ofrecen servicios y quienes están en busca de estos, encajando
así los procesos extractivos en las interacciones sociales. La economía
bajo demanda indica que el trabajo digital no es un fenómeno de nicho.
UpWork (anteriormente ODesk y Elance) afirma que tiene unos diez
millones de trabajadores. Crowdwork, ocho millones. CrowdFlower, cinco
millones. En 2015, 160.000 conductores se encuentran en la carretera
para Uber, si nos fiamos de sus cifras[16]. Lyft informa de 50.000
conductores. TaskRabbit declara que cuenta con 30.000 trabajadores[17].
En Alemania, sindicatos como ver.di concentran sus esfuerzos en la
defensa de los derechos de los empleados, mientras que en Estados Unidos
veo pocas posibilidades de un retorno de la semana de trabajo de 40
horas para los que están en el sector eventual. La pregunta, entonces,
es: ¿cómo podemos mejorar las condiciones de un tercio de la fuerza de
trabajo que no está empleada de modo tradicional?
Los modelos de negocio extractivos de hoy, basados en plataformas, hacen
que algunos de los anteriores esquemas monetarios de Internet parezcan
experimentos socialistas. Douglas Rushkoff, autor de Throwing Stones at
the Google Bus (Tirando piedras al autobús de Google), señala que "en
lugar de crear empresas verdaderamente distributivas solo estamos dando
esteroides a la economía industrial, creando divisiones más extremas de
riqueza y formas más extremas de explotación. Estamos generado todas
estas nuevas tecnologías como Bitcoin o Blockchain, pero en realidad no
nos estamos preguntando para qué estamos programando tales cosas”[18].
Los beneficios del capitalismo de plataforma para los consumidores,
propietarios y accionistas son evidentes; pero el valor añadido para los
trabajadores vulnerables y el valor a largo plazo para los consumidores
no están claros, en cualquier caso.
Las nuevas dependencias y el nuevo dominio
Se trata del cambio, por parte del empleado, de tener su documento de
impuestos W-2[19] y trabajar una semana laboral de 40 horas a un
trabajador más eventual, al freelance o al contratista independiente, lo
que también se conoce a veces como 1099[20] o trabajador de “bolos”[21].
En el proceso, los trabajadores están perdiendo el salario mínimo, las
horas extraordinarias y las protecciones que tenían a través de leyes
contra la discriminación en el empleo. Asimismo, los empleadores no
tienen que contribuir al sistema de asistencia médica, ni al seguro de
desempleo, ni al seguro contra accidentes, ni a los pagos de la
seguridad social de sus trabajadores.
"Mientras que el empleo tradicional era como el matrimonio -escribe el
jurista Frank Pasquale-, con las dos partes comprometiéndose a un
proyecto conjunto a más largo plazo, la mano de obra digitalizada busca
una serie de ligues"[22]. Mitos sobre el empleo que se proyectan
enérgicamente sugieren que trabajar como empleado significa que debes
renunciar a toda la flexibilidad y que trabajar por tu cuenta, de alguna
manera, significa inherentemente que tu trabajo es flexible. Sin
embargo, esta "flexibilidad innata" de los trabajadores independientes
de bajos ingresos se debe poner en duda, debido a que los trabajadores
no existen en el vacío; también se tienen que adaptar a los horarios de
sus jefes virtuales.
Usando el lenguaje de la iniciativa empresarial, la flexibilidad, la
autonomía, y la elección, la carga de los mayores riesgos de la vida: el
desempleo, la enfermedad y la vejez, se han puesto sobre los hombros de
los trabajadores. ¡Hay propietarios de plataformas que se refieren a los
trabajadores como “conejos”, “turcos” o proveedores! Me pregunto si Leah
Busque, CEO de TaskRabbit[23], se sentiría insultada si la llamaran
coneja. Ella es una jefa. El problema es que además de dueña de su mente
lo es de la plataforma.
¿Quién va a estar dispuesto a ofrecer derechos a los empleados, al igual
que a todos los trabajadores autónomos, los trabajadores temporales y de
contrato? El senador Mark Warner, de Virginia[24], y sobre todo el
economista de Princeton Alan Krueger, entre otros, han sugerido una
tercera categoría de trabajadores que no es ni un contratista
independiente, ni un empleado: el trabajador independiente[25]. Esta
categoría de trabajador recibiría muchas de las protecciones que van con
el empleo.
Una respuesta diferente a la pérdida de poder de negociación por el lado
de los trabajadores en una economía bajo demanda proviene del
programador informático y escritor Steve Randy Waldman, quien sugirió
que la clasificación de los contratistas independientes debe estar
subordinada a los requisitos de que los trabajadores sean
"multi-hogar"[26], es decir, que trabajen usando varias plataformas, y
por lo tanto evitando las trampas de plataformas individuales,
dominantes, como Uber. Waldman entiende multihoming como poder de
negociación cuando se trata de mitigar el poder de los monopolios[27].
La economía colaborativa es “reaganismo” por otros medios. Retrocediendo
en el tiempo, mi argumentación es que hay conexión entre los efectos de
la "economía colaborativa" y las deliberadas ondas de choque de
austeridad que siguieron a la crisis financiera en 2008. Los tecnólogos
multimillonarios saltaron de cabeza, cabalgando a lomos de los que
buscan desesperadamente trabajo, no solo aumentando así la desigualdad,
sino también la reestructuración de la economía de una manera que hace
que esta nueva forma de trabajar, privados de todos los derechos
laborales, sea vivible, sobrevivible o, como ellos dirían: "sostenible".
La "economía colaborativa" surgió a partir de la estirpe de Reagan y
Thatcher, que en la década de 1980 no solo acabaron con las huelgas de
los mineros y los controladores de tráfico aéreo, sino que dañaron la
creencia en la capacidad de los sindicatos de velar por los
trabajadores, que debilitaron la creencia en la posibilidad de la
solidaridad y crearon un marco en que la reestructuración del trabajo,
los recortes en los cheques de asistencia social y la desconexión de la
productividad respecto a los ingresos se hicieron más plausibles.
Las exigencias de cualificación son cada vez más altas y la ansiedad y
el miedo al desempleo y a la pobreza se han convertido en temas
centrales para la vida muchos jóvenes de hoy. Todo esto ha conducido a
un mundo en el que, para la generación del milenio, el fin del planeta
parece más plausible que el fin del capitalismo, y sus carreras se
parecen a vehículos autónomos que se dirigen hacia el Armagedón.
Es La ley del silencio de Elia Kazan, en la que jornaleros digitales se
levantan cada mañana solo para unirse a una subasta de sus propias
actuaciones. Según la economista Juliet Schor, la economía colaborativa
ofrece cada vez más acceso al trabajo de bajo nivel para la clase media
educada, que ahora puede conducir taxis y ensamblar muebles en casas de
otra gente, mientras que al mismo tiempo desplaza a los trabajadores de
bajos ingresos de estas ocupaciones[28].
Uno de cada tres trabajadores de la fuerza laboral estadounidense es
ahora un trabajador independiente, jornalero, temporero, o freelance. El
jurado está todavía deliberando sobre si regresarán a un mundo con un
sueldo fijo, de una semana de trabajo de 40 horas y con algunas
protecciones sociales.
Generación de beneficios para unos pocos
El software que está impulsando la economía colaborativa está envuelto
por un diseño de interfaz adictiva. En la pantalla, el icono del tamaño
de una hormiga de un taxi acercándose a tu ubicación es tan seductor y
peligroso como las sirenas que atraían a Ulises; es un diseño de escala.
Por el lado empresarial, emprendedores e ingenieros de software han
creado nuevos mercados. Pero, ¿es innovación o hay una fábrica detrás
del patio de recreo? La innovación, ¿debe consistir solo en beneficios
para unos pocos, dejando a su paso una mano de obra para la que
predominan insuficientes protecciones sociales? ¿Es una innovación
centrada en la extracción de valor y el crecimiento, o se trata de la
circulación de este valor entre la gente?
La eficiencia, del mismo modo, no es una virtud cuando está sobre todo
construida en torno a la extracción de valor para los accionistas y
propietarios. Es en ese sentido de extraer valor a partir de las
personas que empresas como Amazon, CrowdSpring y TaskRabbit no son ni
eficaces ni innovadoras. El capitalismo de plataforma, hasta ahora, ha
sido muy ineficaz para hacer frente a las necesidades de la comunidad.
Lo que inicialmente parecía innovación, con el tiempo ha subido el
volumen de la desigualdad de ingresos.
Con la creación de nuevos empleos en la economía 1099 o freelance, han
comenzado a florecer empresas como Intuit debido a que su software ayuda
a los freelances en la declaración de renta.
La ilegalidad como método
En Estados Unidos, la ilegalidad es un método de la "economía
colaborativa," no es un error, y el gobierno federal, al menos por
ahora, no está interviniendo, dejando el asunto (y la única esperanza) a
la municipalización de la regulación. La economía colaborativa también
ha sido criticada por su "anulación de la ley federal"[29], la falta de
dignidad para los trabajadores y la eliminación de los derechos de los
trabajadores y los valores democráticos, como la rendición de cuentas y
el consenso. Las empresas de la economía colaborativa no han pagado
impuestos, han violado leyes federales. Su modus operandi sigue un
patrón. En primer lugar, las empresas como Uber violan varias leyes -las
leyes de lucha contra la discriminación, por ejemplo-, a continuación,
llaman la atención sobre una creciente y entusiasta base de
consumidores, exigiendo cambios legales. Airbnb gastó más de ocho
millones de dólares para ejercer presión en San Francisco cuando los
residentes votaron sobre la regulación de sus operaciones. Uber gasta
incluso más dinero en grupos de presión que la cadena Walmart. De manera
significativa, tanto Uber como Airbnb están utilizando sus aplicaciones
como plataformas políticas, que se pueden utilizar para activar a sus
clientes para que se opongan a cualquier intento de regulación contra
ellas.
Cuando te enteras de que los conductores de Uber en Los Ángeles están
trabajando por debajo del salario mínimo; cuando se conoce que los
trabajadores en CrowdFlower y Mechanical Turk ganan no más de dos a tres
dólares por hora; cuando se comprende que gran parte (si no la mayoría)
de los ingresos de Airbnb en la ciudad de Nueva York proviene de
anfitriones que alquilan apartamentos enteros por menos de treinta
días[30]; cuando te dicen que las nuevas empresas están navegando
alrededor de la definición de empleo de tal manera que las personas que
están trabajando para ellas sean clasificadas como trabajadores
independientes, en lugar de empleados; cuando se comprende que la
situación de trabajador independiente anula la protección otorgada a los
trabajadores por la Ley de Normas Equitativas de Trabajo[31], cuando
Uber, Lyft, y Airbnb continúan llevando a cabo sus negocios en las
ciudades que cerraron sus operaciones; entonces se entiende por qué el
gobierno y/o los municipios tienen que actuar en contra de esta
"invalidación de la ley federal"[32]. En 2015, un estudio de Princeton
mostró que los conductores de Uber en 20 ciudades ganaban alrededor de
17.50 dólares la hora, lo cual, de acuerdo con los conductores, se
reduce a entre 10 y 13 dólares la hora después de restar el coste de
la gasolina, seguros, pagos por el coche y el mantenimiento del
automóvil[33]. Los Ángeles aprobó un salario mínimo de 15 dólares la
hora, lo que pone a Uber en situación de violación de esa ley. Ahora,
cualquier persona con conocimientos básicos de la Ley de Normas
Equitativas de Trabajo de 1938 diría que dichos pagos son ilegalmente
bajos; que no cumplen con los estándares del salario mínimo.
Teniendo en cuenta las significativas tasas de desgaste entre los
trabajadores de Mechanical Turk y los conductores Uber (la mitad de los
conductores de Uber no aguanta más de un año)[34], está claro que estos
negocios, en su forma actual, no son sostenibles.
En Estados Unidos, no tratar correctamente a los trabajadores tiene un
riesgo legal muy bajo para los propietarios de negocios. El Departamento
de Trabajo de Estados Unidos, escaso de personal como está, es
básicamente incapaz de perseguir a las empresas que violan la Ley
Federal de Trabajo. E incluso en el caso poco probable de que se las
pille, todo lo que esas empresas tienen que hacer es pagar a los
trabajadores lo que les deben.
Hay un poco de esperanza. En una sentencia reciente, un juez federal
dictaminó que un conductor Uber era un empleado y no un trabajador
independiente, por ejemplo[35]. Y los trabajadores LYFT e incluso Yelp
también están presentando demandas para ser reconocidos como
empleados[36]. En otoño de 2015, la ciudad de Seattle abrió la puerta a
la sindicación de los conductores Uber. Y, casi al mismo tiempo, una
coalición inusitada de startups y sindicatos publicaron un documento que
resume las protecciones sociales para los trabajadores que son
necesarias para que la economía digital prospere[37]. Pero que el
Gobierno Federal tenga la voluntad política de introducir nuevas medidas
de protección para los trabajadores es algo que está por verse.
En los ámbitos local y estatal, hay en marcha algunos esfuerzos
reguladores. En el condado de Montgomery, por ejemplo, la Asamblea
General de Maryland ha decidido regular en relación a Uber y a Lyft
mediante la imposición de una tasa de 0,25 dólares por cada viaje con
esas empresas. Los ingresos se utilizarán para ofrecer servicios de taxi
más accesibles para las personas mayores que cumplan los requisitos y
para los residentes con ingresos bajos[38]. El alcalde De Blasio está
trabajando para frenar el tamaño de la flota de Uber en las calles de la
ciudad de Nueva York.
Amazon se suma a la economía colaborativa
Amazon.com, digamos que todavía escasamente por encima de la edad legal
para beber, es una de las empresas más antiguas de esta economía
digital, y se está uniendo a la "economía colaborativa". La sección de
libros de Amazon comenzó en 1994, pero hoy en día Amazon, no muy
diferente de Uber, se ha convertido en modelo para un sinnúmero de otros
negocios. El genio cruel está fuera de la botella, la lógica de negocio
de los sistemas de crowdsourcing como Amazon Mechanical Turk ahora está
siendo adaptada por empresas como CrowdFlower, 99Designs y cientos de
otras. Amazon se insertó en la economía compartiendo con empresas como
Flex, un servicio de entrega basado en el crowdsourcing que utiliza a
gente corriente, no a carteros profesionales, para la entrega de
paquetes[39]. También inició HomeServices, que sitúa a la compañía en el
centro cuando se solicita un electricista o fontanero, y
HandMade-at-Amazon, que compite directamente con Etsy.
Desde 2005, Amazon gestiona una empresa de intermediación laboral en
línea llamada Amazon Mechanical Turk, en la que los trabajadores pueden
iniciar sesión y escoger entre largas listas de tareas. Al igual que en
el trabajo a destajo tradicional de la industria del vestido, Mechanical
Turk permite que un proyecto se divida en miles de fragmentos, que se
asignan a los llamados crowdworkers[40]. Trabajadores novatos, a menudo
bien formados, se están sacando entre dos y tres dólares por hora en
este entorno. Al igual que los trabajadores migrantes o temporeros en la
industria de la comida rápida, están trabajando largas horas, están mal
pagados y mal tratados por sus jefes virtuales, y obtienen pocos o
ningún beneficio.
Uno podría pensar que en un país rico y democrático como Estados Unidos,
los trabajadores estarían protegidos legalmente contra tal abuso y que
operaciones como las de Uber serían atajadas de inmediato. Hemos sabido
de cómo en París unos funcionarios imputaban a dos ejecutivos de
Uber[41] y de cómo ciudades como Río de Janeiro están prohibiendo la
empresa y hacen cumplir la legislación[42]. En Estados Unidos no se hace
mucho ante esas empresas que desobedecen las leyes federales y los
reglamentos municipales.
El robo de salarios, por ejemplo, es un hecho cotidiano en Amazon
Mechanical Turk, que tolera explícitamente esta práctica. Los usuarios
solicitantes pueden rechazar un trabajo hecho correctamente y evitar el
pago. El objetivo de la plataforma, su lógica sistémica, se expresa a
través de su arquitectura y diseño, así como en sus condiciones de uso.
El robo de salarios es una característica, no un error.
Amazon.com supone de hecho un buen ejemplo; es parte del monocultivo de
grandes empresas, de capital abierto, que maximizan los beneficios con
la misión de crear rentabilidad para los accionistas. Es el deber
fiduciario de tales empresas el de crear cada vez más valor para los
accionistas, para crecer y servir a los propietarios de la plataforma.
La “ubercomodidad”, la rapidez, el precio y el dominio general de Amazon
hace que resulte difícil para nosotros no cerrar los ojos ante el hecho
de que a la sombra de nuestra comodidad hay importantes costes sociales
para los trabajadores. En uno de los almacenes de Amazon en Alemania,
por ejemplo, la empresa monitorizó a los trabajadores de logística y los
reprendió incluso por sus períodos más cortos de inactividad con los
denominados informes de inactividad. Las tecnologías de vigilancia y los
supervisores mantienen un registro hasta de las charlas de uno o dos
minutos entre dos trabajadores, y de las ausencias más prolongadas en el
baño[43]. Después de dos digresiones así, de pausas de entre uno y nueve
minutos, los trabajadores pueden ser despedidos. Y, por supuesto, eso no
solo está pasando en "centros de cumplimiento" de Amazon en Alemania. Es
la lógica taylorista llevada a tal extremo que ni siquiera tiene sentido
empresarial. Es una absoluta densificación del trabajo, tal como ha
expuesto la investigadora del trabajo Ursula Huws[44]. Además, el
Tribunal Supremo de Estados Unidos emitió un fallo que indica que no es
necesario compensar el control de seguridad obligatorio de los
trabajadores que salen de estos almacenes como horas extraordinarias, a
pesar del hecho de que dichos trabajadores tienen que esperar en esa
cola en cualquier lugar entre 30 y 40 minutos todos los días[45]. La
legislación favorece a las empresas de capital abierto[46].
Pero la miseria no se limita a los trabajadores de almacén, a los
crowdworkers, sino que igualmente afecta a los trabajadores de cuello
blanco de Amazon. Podemos arrojar más luz sobre el espíritu de Jeff
Bezos, CEO de Amazon, que le espetó a un grupo de editores, en un brutal
enfrentamiento, que "Amazon debe acercarse a los editores de la forma en
que un guepardo perseguiría a una gacela enfermiza"[47]. Es ese espíritu
el que la compañía también lleva a sus trabajadores de cuello blanco, a
sus contables, vendedores e ingenieros. Algo que fue revelado en el
reportaje "Dentro de Amazon", del New York Times, que citó a un
ejecutivo de la división de marketing de libros de Amazon que afirmaba
que "a casi todas las personas con las que he trabajado, las he visto
llorar en su escritorio"[48].
Amazon ha llegado a ser conocida por sus malas condiciones de trabajo,
pero de ninguna manera es una excepción dentro de la economía
colaborativa y más allá de esta. Nadie presta atención a los
trabajadores, pero por cada trabajador maltratado, también hay más
personas que están presionando para lograr un Internet centrado en la
gente.
El crecimiento del sector eventual se estaba produciendo desde hace
décadas, pero con la "economía colaborativa" tomó un impulso
significativo en 2008, cuando muchas franjas de la población tuvieron
que encontrar vías alternativas de ingresos.
Y por eso, en la segunda parte de este estudio, me pregunto si tenemos
que seguir dependiendo únicamente de infraestructuras digitales que
están diseñadas para extraer provecho para un número muy reducido de
propietarios de plataformas y accionistas. Es decir, ¿es realmente
inconcebible escapar de empresas como Uber, Facebook y CrowdFlower?
¡Un Internet de la gente es posible! Una coalición de diseñadores,
trabajadores, artistas, cooperativas, desarrolladores, sindicatos
inventivos, de defensores de los trabajadores, puede cambiar las
estructuras para que todos logren cosechar los frutos de su propio
trabajo.
Silicon Valley ama una buena disrupción, así que vamos a darle una. Lo
que sigue es un llamamiento a colocar a las personas en el centro de las
oficinas de empleo virtuales y a generar ganancias en beneficio social.
Es un llamamiento a los ayuntamientos para considerar poner en marcha
ellos mismos negocios como Airbnb. Históricamente, las ciudades
norteamericanas acostumbraban a poseer y dirigir hoteles y hospitales, y
algunas todavía lo hacen. Es tiempo de volver a esa historia.
A mediados de la década de 1960, en Nueva York, fue el artista de Fluxus
George Maciunas quien empezó a formar cooperativas de artistas motivados
por su propia situación precaria. En la Ciudad de Nueva York de hoy en
día, son artistas como Caroline Woolard quienes utilizan la lógica del
arte para transformar su propia situación de vida y la de los demás[49].
Es posible escapar a Facebook, CrowdFlower y Google. Imperativos
corporativos como el crecimiento y la maximización de los beneficios no
son la única opción. Es muy difícil arreglar lo que no se posee. La
lucha por la privacidad y la lucha por salarios más altos para los
crowdworkers son importantes, pero modelos cooperativos de propiedad de
Internet podrían resolver muchos de estos problemas.